OBRAS NUEVAS, PELIGROS VIEJOS: REGISTROS ROTOS Y TAPAS LEVANTADAS PONEN EN RIESGO A AUTOMOVILISTAS EN MÉRIDA

El crecimiento acelerado de la capital yucateca exige mejores vialidades, pero también planeación, materiales de calidad y coordinación entre autoridades; de lo contrario, las obras terminan convirtiéndose en nuevos dolores de cabeza para los ciudadanos.

Una ciudad que crece a pasos agigantados necesita infraestructura a la altura de sus necesidades, pero en Mérida y sus alrededores los registros rotos, las rejillas deficientes y las tapas levantadas comienzan a evidenciar una problemática que va más allá del deterioro de las calles: la calidad, funcionalidad y planeación de las obras públicas.

En distintos puntos de la ciudad, los automovilistas deben sortear estructuras que sobresalen del pavimento, registros desnivelados y rejillas que generan preocupación por su aparente fragilidad. La situación se vuelve especialmente evidente en la zona norte, en los tramos donde se realizan nuevos trabajos viales rumbo a la salida hacia Progreso.

La inconformidad ciudadana gira en torno a una pregunta básica: ¿de qué sirve construir o renovar vialidades si los detalles de infraestructura terminan convirtiéndose en obstáculos y riesgos para quienes las utilizan diariamente?

El problema no se limita a la apariencia de las calles. Una tapa levantada, una rejilla mal colocada o un registro que no está al nivel del pavimento pueden obligar a los conductores a realizar maniobras repentinas, provocar daños en los vehículos y aumentar el riesgo de accidentes, especialmente para motociclistas y ciclistas, quienes tienen menos margen para reaccionar ante estos desperfectos.

A esto se suma otro aspecto que deja al descubierto posibles fallas de coordinación entre las dependencias responsables de la infraestructura urbana y los organismos encargados de los servicios. En algunos de los nuevos trabajos, las tapas de registros de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) quedan justo en medio de los carriles por donde circulan los vehículos, lo que genera cuestionamientos sobre la manera en que se proyectan y ejecutan estas intervenciones.

La planeación de una vialidad no debería limitarse a colocar concreto o asfalto y dar por terminada la obra. También implica considerar la ubicación de los registros, la resistencia de los materiales, los niveles del pavimento, el flujo vehicular y las necesidades de mantenimiento a largo plazo.

Mérida enfrenta un crecimiento urbano acelerado que demanda nuevas vialidades y mejores conexiones con municipios y zonas turísticas, como el corredor hacia Progreso. Sin embargo, ese desarrollo también exige que las autoridades municipales, estatales y las empresas responsables de los servicios públicos trabajen de manera coordinada, en lugar de resolver cada intervención por separado.

Porque cuando una obra recién ejecutada presenta problemas de funcionalidad, la ciudadanía termina pagando las consecuencias, ya sea con reparaciones de sus vehículos, pérdida de tiempo o situaciones que comprometen su seguridad.

La pregunta de fondo es inevitable: ¿se están construyendo vialidades para responder a las necesidades reales de una ciudad en expansión o solamente se está avanzando en la obra sin atender todos los detalles que garantizan su funcionamiento?

El desarrollo urbano no debería medirse únicamente en metros de pavimento colocado o calles intervenidas, sino en la calidad, seguridad y durabilidad de la infraestructura que se entrega a la población.

Una obra pública no termina cuando se inaugura ni cuando se retiran las máquinas. Termina cuando cumple su función, es segura para quienes la utilizan y demuestra que el dinero público se invirtió con planeación y responsabilidad.